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La noche del samurai

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La noche del samurai

Mensaje  Yukimura el Miér Mar 02, 2011 4:35 am

La noche era densa y dulce,
templada, e invitaba a la
meditación. El aire arrastraba intensos perfumes
de tierra húmeda y hierba recién cortada, y el
canto de los grillos y los aleteos de las aves nocturnas
rompían el silencio. Una luna que brillaba
hasta doler los ojos gravitaba sobre las oscuras
copas de los árboles. Una noche para ser gozada.
Para dormir al raso y dejarse envolver por tan
variadas y dulces sensaciones.

El samurai cabalgaba con lentitud. Su caballo,
pequeño y nervudo, se movía pausadamente a
causa de sus heridas, pero no se separaba de la
estrecha senda que cruzaba el bosquecillo tan
familiar a ambos, guerrero y montura. El jinete,
igualmente maltrecho, agradecía el paso cansino
del corcel y disfrutaba del paisaje nocturno mientras
los recuerdos acudían en oleadas a sus sienes
cubiertas de polvo y sangre. Tenía prisa por
llegar a su destino, por ver a su musume, a su
amada, pero le agradaba alargar el momento final.
Aquél era su viaje postrero, su marcha hacia el
lugar donde confluyen la nada y el amor.

Lo deseaba, pero antes debía derramar una última
mirada por los campos verdes de Niwabashi,
su aldea, de donde únicamente saliera hacía ya
algunos años para servir al daimyo Tsumaru, el
señor feudal al que su familia había obedecido
desde que su apellido se escribió por primera vez,
hacía ya generaciones.

El bosque no era espeso y los calveros se
sucedían. En cada uno de ellos la luz de la luna
fluía como una cascada y mostraba al solitario
caballero las formas amables de los matorrales
suavizando el contraste entre la alfombra de hierba
y la arboleda baja. Las delgadas nubes, casi
cirros, adquirían colores índigo y se cernían sobre
las copas de las hayas como una capa de oscuro
satén. Lugares donde había jugado con otros
niños. Horas felices que el herido samurai no añoraba.
Recordaba que él, al igual que los demás
niños de Niwabashi, había soñado con los años
de guerrero que le esperaban. La vida de cada
hombre está marcada por su origen, y sólo hay un
camino para el hijo de samurai, el bushido, la
senda del guerrero. Su padre y su abuelo, y el
padre de su abuelo, habían sido samurai y servido
al clan Tsumaru.
Había flores entre los jarales. Su padre,
Tatsuo, duro como las encinas del sur, le había
contado que la aldea de Niwabashi (literalmente,
Puente del Jardín) debía su nombre a aquellas

praderas floridas y jalonadas de sotos que se
extendían entre colinas ondulantes hacia el río.
Le dolían los huesos de caderas y piernas.
Hubiera querido detenerse en un arroyo, liberarse
de la armadura y lavarse. Las abluciones siempre
le habían complacido, especialmente después de
los duros entrenamientos cuando, junto a sus
compañeros de armas, se desnudaba en la casa
de baños y se abandonaba a los placeres de agua
alternativamente fría y caliente. Dejaba la mente
en blanco y se alejaba de la intensa concentración
del kata, el ejercicio formal del bushi. Su mente se
vaciaba de tensión y se preparaba para la meditación,
el zazen. Ahora aquellas sensaciones
embriagadoras quedaban lejos. Entre su vida
anterior y el momento actual mediaba la batalla de
Sekigahara, el episodio más cruento de la historia
militar de Japón.
Sekigahara. Un villorrio entre los dos ejércitos
más formidables de todos los tiempos. Los veteranos
de cien guerras interiores y de dos invasiones
a Corea se habían enfrentado pocas horas antes.
El vencedor, Tokugawa leyasu, era el nuevo generalísimo
del imperio, el shogun. El noble Tsumaru,
cuya estirpe se decía anterior a los primeros
emperadores, había unido sus tropas al bando
perdedor y las praderas de Sekigahara estaban
cubiertas con los cuerpos de sus caídos.
El caballo renqueaba, manteniendo el paso.
El samurai sabía que si ambos se detenían todo
habría terminado. Carecerían de fuerzas para llegar
a Niwabashi. No era propio de un samurai de
los Tsumaru terminar el viaje en un claro del
pequeño hayedo. ¿Quién le asistiría en sus últimos
momentos? Necesitaba de un ayudante para
emprender el viaje supremo.
Había crecido junto a muchos de los camaradas
que había visto caer en la batalla pocas horas
antes. Juntos habían asistido a las lecciones de
los sabios de Niwabashi, previas a la formación
militar. Los más, como simples lanceros y ayudantes,
ashigaru. Sólo unos pocos, los de estirpe guerrera
por generaciones, alternaron el entrenamiento
en armas con la equitación, el arte de la guerra
y el estudio de historia y literatura. La vida había
transcurrido placentera para aquellos jóvenes destinados
al sacrificio. Artes marciales de sol a sol
seguidas de veladas de estudio y meditación para
alcanzar la imprescindible tranquilidad espiritual,
wa. Fuerza mental, ki, músculos prestos a repeler ante lo adverso.

Ahora todo quedaba atrás. El clan Tsumaru
expiraba. Quizá en aquellos momentos los parientes
que habían quedado en Niwabashi habían dejado
de existir. Lo mismo sucedería a todas las familias
significadas vinculadas a los vencidos. Pero
todo aquello estaba escrito en el libro de las vidas.
Nada de lo que haga un hombre aislado podría
modificar su destino, karma. Nada hay que temer
porque cada hombre sabe que el transcurso de sus
días está escrito en algún lugar, sea en un templete
ignoto de las montañas o en el altar de la gran
diosa Ise. Nada importa sino el deber de obediencia.
Respetar a los ancestros, glorificar al señor feudal,
honrar a la propia clase. Y el jinete solitario
había cumplido con todas estas obligaciones.
Había obedecido a su padre y seguido las
enseñanzas de sus maestros. Había llevado leña
a su madre cuando así se le había requerido.
Había ayudado a sus compañeros de armas en
muchas circunstancias, incluso en momentos gravosos.
Recordó el dolor que le había atravesado
cuando por primera vez alzó su acero para colaborar
en el seppuku de un camarada. Aquel día
empezó a componer su haiku, su poema póstumo.

Debía estar preparado para cuando llegasen los
momentos que ahora vivía.
La noche seguía clara cuando caballo y jinete
volvieron a avanzar por una zona donde el bosque
se cerraba. La umbría les envolvía y la luz de la
luna apenas podía penetrar entre las ramas profusamente
entrecruzadas. El samurai sentía que se
acercaba el final de su viaje. El perfume untuoso
de las flores dejó paso al olor húmedo de la resina,
y el paso del corcel dejó de ser silencioso. Las
herraduras se apoyaban ahora sobre piedras sueltas
y emitían chasquidos sordos. ¡Qué diferencia
entre aquel sonido hosco y poco armonioso con
los sones del samisen! Su madre acostumbraba a
tocar el delicado instrumento al anochecer, preludiando
la vuelta a casa de su marido. El tañido
breve y solaz se mezclaba huidizo con la tibia
oscuridad. Poco después se oía el trote alegre de
una cabalgadura, y la silueta gallarda de Tatsuo,
de la hidalguía de los Kurohada, se cernía en el
umbral. Llegaba aseado y su cabello, brillante
bajo el sombrero tradicional, olía a aceite balsámico.
Vestía siempre de oscuro y con sencillez,
como correspondía a su rango, y en su cinto se
ajustaban las dos espadas que, devotamente, depositaba en un sobrio soporte al estilo samurai.

Sólo entonces Kurohada Tatsuo se despojaba de
su calzado de montar y se embutía unos tabi
antes de pisar el pavimento de su morada.
La vivienda era modesta, pero no humilde.
La asignación del señor Tsumaru permitía a los
Kurohada vivir dignamente y significarse respecto
a los campesinos, los heimin. Si Tatsuo tuvo alguna
musume, o hizo dispendios en el juego, la economía
familiar nunca lo notó.
El follaje que ocultaba el cielo a los ojos del
caballero se aclaró. Los cascos volvían a avanzar
sobre la alfombra de hierba. Volvía a oler a flores
nocturnas. Las aletas de la nariz del jinete se dilataron
y los resecos labios esbozaron un atisbo de
sonrisa. Pronto le llegaría el olor a humo. El primer
signo de presencia humana. El primer aviso
de Niwabashi. Acomodó su sable de caballería
para que no le incomodase. Su mano resbaló
sobre el faldón de su armadura y se tiñó de rojo.
El olor acre de la sangre reemplazó por unos instantes
a los aromas de la dulce foresta. El caballero
hurgó en su jubón y se limpió la mano mientras
su pensamiento volaba hacia Hisako, su musume.

El samurai no se había casado. Demasiadas campañas,
una tras de otra, habían exigido su presencia
lejos de Niwabashi. No hubo ocasión de concertar
un matrimonio para cumplir con las leyes de
la naturaleza y perpetuar la estirpe Kurohada.
Pero sus años mozos le habían dado la oportunidad
de conocer una hana, una flor de las montañas,
y la dura coraza del samurai había temblado.
Hisako, deseada durante mucho tiempo y desde
hacía algunos meses su musume, su amante.
La había conocido desde la niñez. La había
visto florecer como un crisantemo y, ya al servicio
de las armas, el guerrero había sufrido una dolorosa
punzada al saber que Hisako había sido vendida.

Pasó a ser una dama del Mundo Flotante, a
servir en una casa de placer. Su belleza le había
ganado fama y un mediano pasar que hicieron
posible que la bella aceptase la magra oferta que
el samurai le presentó algunos meses atrás.
Hisako le había envuelto en caricias propias de
sueños. Su piel nacarada había temblado al contacto
de los duros miembros del guerrero. Su voz
melodiosa le había regalado los oídos y proporcionado
más wa que el más exigente de los ejercicios
de meditación. Yaciendo abrazados sobre el
futon él había contemplado los cielos nocturnos y
había agradecido a las estrellas que se le concedieran
tales goces.

Conocía el amor y el ardor de la batalla. Lejos
quedaban los años mozos y los recuerdos de sus
progenitores. Sus compañeros habían perecido en
Sekigahara. Su daimyo había muerto. Sus razones
para existir estaban sobradamente cubiertas.
No pensó en acompañar a algunos regimientos
supervivientes en su retirada hacia Osaka. ¿Qué
sentido habría tenido incorporarse a una unidad
de combatientes desconocidos entre sí? ¿Cómo
compartir cuartel y entrenamiento con gentes de
diferentes escuelas y clanes? También podría
haberse echado a los caminos y convertirse en
guerrero sin amo, en ronin. Pero entonces el
honor que acompañaba a la casa Kurohada se
habría perdido. ¿Cómo vivir arrastrando una existencia
exenta de objetivos? ¿Cómo vagar por los
caminos sin una misión que cumplir? ¿Cómo
podría satisfacer a sus antepasados si no los honraba
respetando sus tradiciones?

Su mano se hundió en un pliegue de la túnica
y acarició un pequeño rollo de papel. Su postrerhaiku. Lo recitó con los dedos asiendo firm
ementeel pergamino:
Fue acero mi mano
hoy es humo y espíritu.
El cielo empezaba a teñirse de gris por oriente mientras
el olor a humo llegó hasta el agotado jinete


Yukimura

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Fecha de inscripción: 24/02/2011

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